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¿Te avisan de un peligro y no haces caso porque crees que no te afecta?

Ha llegado a mis manos un cuento, un cuento simpático y muy aleccionador, al finalizar su lectura una gran sonrisa se ha dibujado en mi rostro y los pensamientos que me han evocado me han sugerido este post:

Hace ya un tiempo que intento fluir en mi vida, una de las cosas que sin saberlo me han ayudado es ayudar o participar en la solución de cuestiones ajenas.

Desde bien pequeña que lo hago, antes, mucho antes de que mi ego se desarrollara. He dudado durante mucho tiempo si estas actuaciones mías me traían buenas o malas consecuencias ya que me he encontrado de todo.

En un momento determinado de mi vida me encontré tan sumida en "solucionar los problemas de los otros" que parecía una peonza al son de los que otros bailaban, fue una etapa de exceso de actuación hacia los demás que posteriormente he ido graduando. Al final comprendí que el problema no era "lo que hacía" sino más bien "el por qué lo hacía".

Cuando era pequeña no había un por qué, lo hacía sin mas. Todo iba bien.

Posteriormente con el crecimiento del ego en mi vida, o sea cuando iba creciendo y aprendiendo en sociedad, lo hacía bajo una identidad creada fruto de mis experiencias de "defensora de los pobrecitos" (en el amplio sentido de la palabra).

Pasada la etapa de inconsciencia fui observando y viendo que mis intentos de desprerme de esta identidad, (y de paso sacarme de encima las desagradables situaciones en las que me encontraba metida después de "solucionar los problemas ajenos") se veían tapados por una emoción nada agradable: la culpa (si no ayudaba).

Ahora eliminado el sentido de culpabilidad y eliminada esa identidad, continuo haciendo lo mismo, pero ahora, quizás con otra medida y sobre todo fruto de que cuando hago algo, lo hago por nada, lo hago sin más (como cuando era pequeña).

El resultado, han desaparecido de mi vida las "malas" consecuencias de mis actos de ayuda y colaboración ante problemas ajenos, soy capaz de discernir entre lo que me piden y lo que yo creo que me piden. Eso me permite no entrar a saco en todos los problemas ajenos y fluir con las soluciones cuando alguien realmente quiere una solución.

Os dejo aquí ahora el cuento, quizás a alguien le sirva:

EL RATON Y LA RATONERA
Un ratón, mirando por un agujero en la pared ve a un granjero y su esposa abriendo un paquete. Pensó qué tipo de comida podía haber allí... pero quedó aterrorizado cuando descubrió que era una ratonera (Trampa para ratones).

Fue corriendo al patio de la Granja a advertir a todos: "¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera en la casa!" La gallina, que estaba cacareando y escarbando, levanto la cabeza y dijo: "Discúlpeme Sr. Ratón, yo entiendo que es un gran problema para usted, mas no me perjudica en nada, no me incomoda."

El ratón fue hasta el cordero y le dice: "¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera!". Pero éste le contesta: "Discúlpeme Sr. Ratón, mas no hay nada que yo pueda hacer, solamente pedir por usted. Quédese tranquilo que será recordado en mis oraciones.".

El ratón se dirigió a la vaca, y ésta le dijo: "¿Pero acaso, estoy en peligro? Pienso que no".

Entonces el ratón volvió a la casa, preocupado y abatido, para encarar a la ratonera del granjero. Aquella noche se oyó un gran barullo, como el de una ratonera atrapando su víctima. La mujer del granjero corrió para ver lo que había atrapado.

En la oscuridad, ella no vio que la ratonera atrapo la cola de una cobra venenosa y ésta le mordió a la mujer.

El granjero la llevo inmediatamente al hospital. Al cabo de unas horas, volvieron a la casa pero la mujer seguía con fiebre.

Todo el mundo sabe que para alimentar a alguien con fiebre, nada mejor que una sopa. El granjero agarro su cuchillo y fue a buscar el ingrediente principal: la gallina.

Como la enfermedad de la mujer continuaba, los amigos y vecinos fueron a visitarla. Para alimentarlos, el granjero mato el cordero.

La mujer no mejoro y acabo muriendo.

El granjero entonces vendió la vaca al matadero para cubrir los gastos del funeral.

La próxima vez que escuches que alguien tiene un problema y creas que como no es tuyo no le prestas atención, piénsalo dos veces.

El que no vive para servir, no sirve para vivir.

Un nuevo cuento Sufi: El árbol de la felicidad


Todos estamos bajo el árbol de la felicidad siempre, pero no lo sabemos, seamos más conscientes de nuestros deseos y pensamientos, seguro que conseguimos la vida que deseamos, solo hay que apartar los miedos.

El árbol de la felicidad.

Cuentan que hace muchos, muchos años un peregrino tras caminar durante infinitas jornadas bajo el implacable sol de India deseó en su corazón poder descansar a la sombra de un árbol que le diera cobijo. Y así fue que, de pronto, divisó a lo lejos un frondoso árbol solitario en medio de la planicie. Cubierto de sudor y tambaleándose sobre sus fatigados pies se encaminó alegremente hacia el árbol que hacia realidad su deseo. Al fin podré descansar, pensó, mientras se abría paso entre sus tupidas ramas que llegaban hasta el suelo. ¿Qué más podría desear? Tendiéndose sobre la tierra en su refugio vegetal trató de conciliar el sueño, pero el suelo estaba duro y mientras más el peregrino trataba de ignorarlo y descansar, más duro le parecía el suelo sobre el que estaba.

-Si al menos tuviera una cama, pensó.

Al momento surgió una imponente cama, con impolutas sábanas de seda, digna de un sultán. Brocados, lujosos tejidos de Samarkanda y las más suaves pieles cubrían el lecho. Y es que, sin saberlo, el peregrino había ido a sentarse bajo el mítico árbol de los deseos.
Aquel árbol milagroso que es capaz de convertir en realidad cualquier deseo expresado bajo sus ramas.

El hombre se acostó en el mullido lecho relajándose.

-¡oh, qué a gusto me siento, lástima del hambre que tengo! –pensó-, y ante él apareció una espléndida mesa cubierta con la más sabrosa de las comidas, con ricos y variados platos exquisitamente preparados y servidos en la más extravagante de las vajillas. Sobre las más finas telas imbricadas de hilos preciosos se mezclaban oro, plata y finísimo cristal con las más exóticas frutas y lujuriosos postres. Todas estas maravillas tomaron forma ante sus asombrados ojos. Todo aquello con lo que siempre había soñado en las solitarias noches de su largo peregrinar estaba ahora ante él.

El peregrino comía y comía con el temor de que tal prodigio desapareciera en el aire tan súbitamente como había aparecido. Pero, cuanto más comía, más comida aparecía. Y cada nuevo manjar era aún más sabroso y exquisito que el anterior. Finalmente dijo:

-Ya no puedo más y en ese mismo momento la mesa con todas sus maravillas se desvaneció en el aire.

Es maravilloso, pensó, mientras un sentimiento de felicidad le embargaba. No me moveré de aquí y seré por siempre feliz. Pero, de pronto, una idea terrible surcó su mente:

-Claro que esta planicie es famosa por sus feroces tigres. ¿Qué sucedería si un tigre me descubriese? Sería terrible morir, después de finalmente haber encontrado el árbol de la felicidad. Fue la milésima de una fracción de segundo, pero bastó. Cumpliendo su deseo, en aquel momento surgió de la nada un terrible tigre que lo devoró.

Y así, el árbol de la felicidad quedó solo de nuevo, y allí sigue esperando la llegada de un ser humano de corazón completamente puro, donde no resida miedo, ni desconfianza, sino sólo responsabilidad y conocimiento.

La ilusión de la seguridad, otro cuento sufi

Un nuevo cuento Sufi para hoy, en esta ocasión aunque vale cualquier interpretación, mi corazoncito me cuenta que trata del exceso de protección y seguridad que creemos que debemos llevar y que nos impide realmente poder estar seguros por nosotros mismos.

El mulá Nasrudin armado

Muy asustado en una noche obscura, mullá Nasrudín viajaba con una espada en una mano y una daga en otra. Le habían dicho que eran seguros medios de protección.

En su camino se encontró con un asaltante, que le robó su asno y sus alforjas con valiosos libros.

Al día siguiente, cuando se estaba lamentando de su suerte en la casa de té, alguien le preguntó.

-Pero, ¿por qué dejó que se llevara sus posesiones, mullá? ¿No tenía los medios para detenerlo?

-Si mis manos no hubieran estado ocupadas –dijo el mullá-, hubiera sido otra historia.

Las cosas no son lo que parecen: Cuento sufi

Hace unos días hablé ya sobre los cuentos sufis, puedes iniciar el camino en este post.

En esta ocasión voy a dejar aquí un cortito cuento Sufi muy actual, no habla de samurais ni monjes, pero es Sufi

Las cosas no son lo que parecen

Un hombre viajaba tranquilamente en su coche. Sucedió que al entrar en una curva peligrosa, otro coche salía de ésta dando volantazos y viniendo hacia él de manera muy peligrosa. Al pasar a su lado casi rozando, gritó su conductor:

-¡Cerdo¡

El primer hombre indignado le respondió con otro insulto y continuó como pudo entrando en la curva y una vez pasándola se encontró de inmediato con un enorme cerdo, que no pudo esquivar y al que golpeó saliéndose de la carretera y quedando tirado en la cuneta



Un cuento sufi: La cena del mago

La Tradición Sufí es muy antigua, una sabiduría profunda que se ve reflejada en todas las religiones, aunque es disidente de las mismas.

A la vez es una ciencia actual, se puede aplicar en cualquier momento, en cualquier situación. La sabidura Sufi no requiere estar inscrito en ninguna corriente, puede ser seguida por cualquier persona independientemente de su condición, no exige retirarse del mundo y sus problemas, sino todo lo contrario utiliza los problemas para inentar ayudar a las personas a evolucionar.

En los cuentos se transmite de una forma muy natural conocimientos y mensajes y son utilizados por todas las culturas de la tierra.

Los cuentos muestran las ideas de manera sencilla pero profunda, de una forma fácil que no necesita las grandes elucubraciones mentales que de otra forma son muy difícil de explicar, comprender y compartir. Los cuentos se reciben con el corazón y no con la mente. No hay que interpretarlos ni descifrarlos para entender qué quieren decir, solo hay que dejar que se produzca su efecto sutil cuando los leemos para nosotros mismos o para otras personas.

La cena del mago

Había una vez un mago que construyó una casa cerca de un pueblo grande y prospero. Un día invitó a toda la gente del pueblo a cenar en su casa.

-Antes de cenar –dijo-, tenemos algunos entretenimientos.

La idea agradó a todos y el mago hizo un show de primera clase, donde sacaba conejos de chisteras, banderas que aparecían en el aire y cosas que se convertían unas en otras. La gente estaba fascinada. El mago preguntó:

-¿Quieren cenar ahora o quieren más entretenimiento?.

Todos pidieron más trucos pues nunca habían visto algo así. Así el mago se convirtió en una paloma, después en un halcón y después en un dragón. La gente enloquecía de excitación. Les preguntó nuevamente y pidieron más y más recibieron. Entonces les preguntó si querían comer y dijeron que sí. El mago entonces les hizo sentir que estaban comiendo distrayéndoles con cantidad de trucos a través de sus poderes. La cena imaginaria y los trucos continuaron toda la noche. Cuando estaba amaneciendo algunos dijeron:

-Debemos ir a trabajar.

Entonces hizo que imaginaran que iban a sus casa y se preparaban para ir a trabajar y realmente hacían sus actividades habituales. Y de este modo, siempre que alguien decía que tenía que hacer algo el mago le hacía pensar que lo hacía y después regresaba a la cena del mago.

Con el tiempo el mago había tejido tal encantamiento sobre la gente del pueblo que todos trabajaban para él mientras que creían que continuaban con sus vidas de siempre. Cuando se sentían inquietos él les hacía pensar que estaban nuevamente cenando en su casa y esto les daba placer y les hacía olvidar.

¿Y qué sucedió con el mago y la gente del pueblo? Esto no se puede decir; es algo de lo que no se puede hablar, porque él sigue ocupado en lo mismo, y casi toda la gente está aún bajo su hechizo.

(extraído de “Seeker after truth “ by Idries Shah. Octagon Press)

¿Dónde está la realidad?


Era otoño, y los indios de una remota reserva preguntaron a su nuevo jefe si el próximo invierno sería muy frío o apacible. Dado que él era un jefe indio en una sociedad moderna, nunca aprendió los viejos secretos, y al mirar el cielo, no podía decir qué iba a suceder con el tiempo.

De cualquier manera, para estar seguro, él respondió a su tribu que el invierno iba a ser verdaderamente frío y que los miembros de la aldea deberían recolectar leña para estar preparados. Pero como también era un líder práctico, después de algunos días tuvo una idea: fue a la cabina telefónica y llamó al Servicio Nacional de Meteorología y preguntó:

- ¿El próximo invierno será muy frío?

-Parece que sí será bastante frío. El jefe volvió a su gente y les dijo que se pusieran a juntar más leña aún, para estar preparados. Una semana después el jefe llamó otra vez al Servicio Nacional de meteorología.

- ¿Será un invierno muy frío?

- Sí, muy frío. El jefe regresó con su gente y les ordenó recolectar todo los pedazos de leña que pudieran encontrar. Dos semanas más tarde llamó al Servicio Nacional de Meteorología una vez más:

- ¿Están absolutamente seguros de que el próximo invierno será muy frío?

- Absolutamente. Sin duda alguna, va a estar de quedarse helados. Va a ser uno de los inviernos más fríos que se hayan conocido.

- Pero, ¿cómo pueden estar tan seguros?

- ¡Porque los indios andan como locos juntando leña!


¿Qué te sugiere esta historia?

Cuento para reflexionar

Llevaban a la guillotina a tres hombres.

Le preguntaron al primero si quería estar boca arriba o boca abajo cuando le llegara la hora final. 

El contestó que quería estar boca arriba, para estar mirando al cielo al morir. Levantaron la hoja de la guillotina y la dejaron caer. La hoja cayó velozmente y de repente se detuvo, a unos cuantos centímetros de su cuello. 

Las autoridades consideraron esto como una intervención Divina y liberaron al hombre.

Luego, llegó el turno del segundo, quien también decidió morir mirando al cielo, esperando tener la misma suerte del primero. La cuchilla fue levantada nuevamente, y soltada. Cayó velozmente y de pronto se detuvo apenas a centímetros del cuello del segundo hombre, por lo que también fue puesto en libertad. 

Seguía el tercero, que era ingeniero mecánico de profesión, quien también optó por morir boca arriba.

Levantaron lentamente la hoja de la guillotina, cuando de repente el ingeniero, viendo un desperfecto en el mecanismo de la guillotina, dijo: "Hey, ya sé porqué no cae la hoja de la guillotina..."

Los verdugos, arreglaron el mecanismo, y el ingeniero fue puesto nuevamente en la guillotina, y esta vez, funcionó perfectamente.

Aun cuando podamos estar ansiosos de compartir con otros lo mucho que sabemos, ¡a veces es mejor no decirlo! A veces nos metemos en problemas por decir algo que debimos callar.


Busca dentro de ti

Nos pasamos la vida buscando. 

Buscamos hacer lo correcto, buscamos dinero, buscamos amor, buscamos felicidad.

Incluso quienes no se reconocen como buscadores se pasan la vida buscando como conseguir más dinero para comprar aquello que desea, como llegar a acceder al trabajo soñado, como realizar sus sueños, como tener más comodidad. Siempre buscamos, pensamos como llegar a lo que queremos.

Muchas decepciones por el camino hace que muchas personas decidan dejar de buscar, vivir con lo que no les gusta, algunas bajo la maravillosa palabra de la aceptación, en la mayoría de los casos mal entendida.

Aceptar no es dejar de desear, no olvidarse que se quiere lo mejor para uno mismo. Aceptar solo es dejar que las cosas fluyan, aunque no nos gusten, pero no significa inmovilización.

La inmovilización que sufrimos muchos en muchos apartados de nuestra vida viene debido a que buscamos las respuestas a todas nuestras dudas en el exterior, que alguien (una persona o las creencias de la sociedad) nos diga que es lo que tenemos que hacer, incluso que buscar, porque en definitiva, lo que todos buscamos es la felicidad, aunque muchos nos equivoquemos en la vía por donde llegar a ella.

Este pedacito del libro "La princesa que creía  en los cuentos de hadas" creo que puede ilustrar algo al respecto: 


Paseando por el estanque, la pareja vio a un hombre inmóvil con un sombrero blanco de pescador sentado en un leño.

¿Qué le pasa?, - preguntó la princesa-

-No lo sé muy bien. Empezó así un día que no fue capaz de decidir que caña de pescar debía usar. le preguntaba a todo el que pasaba, pero unos le decían que empleara una y otro la otra. Después, tampoco supo si debía ponerle cebo fresco o no, ni en qué lado del estanque tenía que sentarse. Pidió la opinión de los demás, pero, en efecto, unos se inclinaron por un cebo y otros por el otro. 

Algunos le aconsejaron que se sentara aquí, otros allá y los demás no supieron que contestar o les daba igual, o las dos cosas. Empezó a ponerse nervioso y a dar vueltas de un lado a otro.

Entonces, les preguntó a los que pasaban si había peces en el agua... aunque ya sabrás que ésta es la tierra de la ilusión y nada es lo que parece. Así unos le dijeron que si, otros que no y al final dejó de preguntar. Lo siguiente que sabemos es que se desplomó en ese tronco y nadie le ha visto moverse desde entonces. Me imagino que la única decisión que tomó fue la de no hacer nada más en su vida.

-¿Le ha preguntado alguien por qué creía que todo el mundo sabía mejor que él lo que tenía que hacer?, - preguntó la princesa al tiempo que se le refrescaba la memoria.

-Sí, le preguntamos por qué tenía tantos problemas para decidirse y nos contestó que siempre tenía miedo de equivocarse en la elección.

-¿Y qué más daba si hubiera sido así? - preguntó la princesa sintiendo pena por el hombre-, ¿se habría acabado el mundo si hubiera elegido la caña negra en vez de la marrón o si hubiera decidido emplear un cabo en lugar del otro aunque hubiera visto más tarde que no era el correcto?

En ese momento recordó la veces en las que le había ordenado a un criado que fuera a caballo a entregarle una nota a la reina pidiéndole su opinión sobre lo que debía hacer con esto o con aquello. Luego, le vino a la mente el pergamino con los pros y los contras, y volvió a sentir un malestar bastante familiar. Se dio cuenta de sus nervios a la hora de tomar una decisión por miedo a cometer un error.

-Parece más una estatua que un hombre,-dijo la princesa.

-Pues está vivo y respira como los demás. Si te acerca a él podrás ver el vaho de su respiración en contacto con el aire frío.

-Tal vez esté respirando, pero lo que sí es cierto es que no está vivo. Debe ser muy desgraciado, -afirmó la princesa mientras aumentaba su pesar... no sólo por ese hombre de aspecto triste sino también por ella misma. Viendo a esa estatua humana sentada en el leño, pasaron por su mente muchos recuerdos sobre la confusión, la miseria y la desesperación que tanto le habían dominado los días que se quedó en la cama, negándose a salir de ella.

-Hay mucha gente por aquí que no vive mejor que él. En realidad, no se sabe quienes son ni lo que hacen, van saliendo del paso día tras día, preocupándose por esto o por aquello, haciendo un sinfín de locuras e intentando darle sentido a todo..."
La princesa que creía en los cuentos de Hadas - Macia Grad

Pero no está todo perdido, si conseguimos buscar dentro de nosotros en lugar de fuera, si conseguimos creer que dentro de nosotros tenemos una sabiduría increíble y que un error no es un error sino un aprendizaje, tenemos un amplio mundo por donde movernos, explorar y sobre todo vivir.

Esta inteligencia está dentro de nosotros, no está en nuestra mente, nuestra mente se basa en lo que otros nos han enseñado, y al fin y al cabo estaríamos haciendo lo mismo. Saber que es lo que necesitamos y cual es el camino adecuado para llegar a ello está sólo dentro de cada uno.

Tu tienes tus propias respuestas, tu tienes tu camino, busca dentro de ti.

Cuentos de Jorge Bucay: Animarse a Volar

ANIMARSE A VOLAR

...Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:
-Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado. 

-Pero yo no sé volar – contestó el hijo.

-Ven – dijo el padre.

Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.

-Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo, y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las alas y volarás... El hijo dudó. -¿Y si me caigo?

-Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre.

El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.

Los más pequeños de mente dijeron:
-¿Estás loco?
-¿Para qué?
-Tu padre está delirando...
-¿Qué vas a buscar volando?
-¿Por qué no te dejas de pavadas?
-Y además, ¿quién necesita?

Los más lúcidos también sentían miedo:
-¿Será cierto?
-¿No será peligroso?
-¿Por qué no empiezas despacio?
-En todo casa, prueba tirarte desde una escalera.
-...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?

El joven escuchó el consejo de quienes lo querían. Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó...
Desplegó sus alas. Las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra...

Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:

-¡Me mentiste! No puedo volar. Probé, y ¡mira el golpe que me di!. No soy como tú. Mis alas son de adorno... – lloriqueó.

-Hijo mío – dijo el padre – Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar.
Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo. Si uno quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre.

Cuentos de Jorge Bucay: El buscador

Mirando las estadísticas de entradas a mi blog he visto que muchos de las nuevas personas que entran en este espacio lo hacen buscando cuentos de Jorge Bucay.

En honor y en gratitud a ellos voy a comenzar un ciclo de cuentos de Bucay, este será el primero de una larga serie que podrá en unas ocasiones ser leída y en otras escuchada. Espero que les guste y que alguno de ellos les hagan pensar, ayudándoles a crecer... objetivo que creo tienen todos los buscadores de sus cuentos.

Hoy comenzaremos por:

EL BUSCADOR

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco esa alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente para quien su vida es una búsqueda.

Un día un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. 

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó Kammir, a lo lejos. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada… 

Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspaso el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. 

Dejó que sus ojos eran los de un buscador, quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción … “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… 

Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla decía “Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terrible mente conmocionado. 

Este hermoso lugar, era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. 

El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

- No ningún familiar – dijo el buscador - ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de chicos?.

El anciano sonrió y dijo: -Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una libreta, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda que fue lo disfrutado…, a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo:

¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?…¿Una semana?, dos?, ¿tres semanas y media?… 

Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana? … 

¿y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? …, 

¿y el casamiento de los amigos…?, 

¿y el viaje más deseado…?, 

¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano…?

¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿horas?, ¿días?… 

Así vamos anotando en la libreta cada momento, cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.


Tu nueva oportunidad

"Había un hombre muy rico que poseía muchos bienes, una gran estancia, mucho ganado, varios empleados, y un único hijo, su heredero. Lo que más le gustaba al hijo era hacer fiestas, estar con sus amigos y ser adulado por ellos. Su padre siempre le advertía que sus amigos sólo estarían a su lado mientras él tuviese algo que ofrecerles; después, le abandonarían.

Un día, el viejo padre, ya avanzado en edad, dijo a sus empleados que le construyeran un pequeño establo. Dentro de él, el propio padre preparó una horca y, junto a ella, una placa con algo escrito:"Para que nunca desprecies las palabras de tu padre".

Mas tarde, llamó a su hijo, lo llevó hasta el establo y le dijo: Hijo mío, yo ya estoy viejo y, cuando yo me vaya, tú te encargarás de todo lo que es mío… Y yo sé cuál será tu futuro. Vas a dejar la estancia en manos de los empleados y vas a gastar todo el dinero con tus amigos. Venderás todos los bienes para sustentarte y, cuando no tengas más nada, tus amigos se apartarán de ti. Sólo entonces te arrepentirás amargamente por no haberme escuchado. Fue por esto que construí esta horca. ¡Ella es para ti! Quiero que me prometas que, si sucede lo que yo te dije, te ahorcarás en ella.

El joven se rió, pensó que era un absurdo, pero para no contradecir a su padre le prometió que así lo haría, pensando que eso jamás sucedería.

El tiempo pasó, el padre murió, y su hijo se encargó de todo, y así como su padre había previsto, el joven gastó todo, vendió los bienes, perdió sus amigos y hasta la propia dignidad. Desesperado y afligido, comenzó a reflexionar sobre su vida y vio que había sido un tonto. Se acordó de las palabras de su padre y comenzó a decir: ¡Ah!, padre mío… Si yo hubiese escuchado tus consejos… Pero ahora es demasiado tarde.

Apesadumbrado, el joven levantó la vista y vio el establo. Con pasos lentos, se dirigió hasta allá y entrando, vio la horca y la placa llenas de polvo, y entonces pensó: Yo nunca seguí las palabras de mi padre, no pude alegrarle cuando estaba vivo, pero al menos esta vez haré su voluntad. Voy a cumplir mi promesa. No me queda nada más…

Entonces, él subió los escalones y se colocó la cuerda en el cuello, y pensó: ¡Ah!, si yo tuviese una nueva oportunidad…
Entonces, se tiró desde lo alto de los escalones y, por un instante, sintió que la cuerda apretaba su garganta… Era el fin.
Sin embargo, el brazo de la horca era hueco y se quebró fácilmente, cayendo el joven al piso. Sobre él cayeron joyas, esmeraldas, perlas, rubíes, zafiros y brillantes, muchos brillantes… La horca estaba llena de piedras preciosas. Entre lo que cayó encontró una nota. En ella estaba escrito:

"Esta es tu nueva oportunidad. ¡Te amo mucho! Con amor, tu viejo padre"

¡Cuántas veces cometemos el error de despreciar la Palabra de nuestro Padre! ¡Cuantas veces clamamos a Dios por una nueva oportunidad! ¿Será que pensamos que las oportunidades tienen que venir con todos nuestros problemas resueltos? ¿No será, por el contrario, que la oportunidad pueda asemejarse a esta horca llena de piedras preciosas que muchos no considerarían? La horca representa el fracaso, las crisis, los problemas, pero también la victoria, el éxito y las oportunidades. Tu puedes sacar de los problemas las mejores enseñanzas de tu vida, busca en ellos oportunidades de aprendizaje que te conduzcan al éxito que buscas en tu relación, matrimonio, carrera o trabajo.

Oportunidad es cuando tú tienes el poder de aprovecharla, sino no lo es."

Actitudes para triunfar

 Autor Eric De La Parra, Maria Madero

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