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¿Dónde está la realidad?


Era otoño, y los indios de una remota reserva preguntaron a su nuevo jefe si el próximo invierno sería muy frío o apacible. Dado que él era un jefe indio en una sociedad moderna, nunca aprendió los viejos secretos, y al mirar el cielo, no podía decir qué iba a suceder con el tiempo.

De cualquier manera, para estar seguro, él respondió a su tribu que el invierno iba a ser verdaderamente frío y que los miembros de la aldea deberían recolectar leña para estar preparados. Pero como también era un líder práctico, después de algunos días tuvo una idea: fue a la cabina telefónica y llamó al Servicio Nacional de Meteorología y preguntó:

- ¿El próximo invierno será muy frío?

-Parece que sí será bastante frío. El jefe volvió a su gente y les dijo que se pusieran a juntar más leña aún, para estar preparados. Una semana después el jefe llamó otra vez al Servicio Nacional de meteorología.

- ¿Será un invierno muy frío?

- Sí, muy frío. El jefe regresó con su gente y les ordenó recolectar todo los pedazos de leña que pudieran encontrar. Dos semanas más tarde llamó al Servicio Nacional de Meteorología una vez más:

- ¿Están absolutamente seguros de que el próximo invierno será muy frío?

- Absolutamente. Sin duda alguna, va a estar de quedarse helados. Va a ser uno de los inviernos más fríos que se hayan conocido.

- Pero, ¿cómo pueden estar tan seguros?

- ¡Porque los indios andan como locos juntando leña!


¿Qué te sugiere esta historia?

Crecer sin envejecer

Si de verdad quieres crecer y no envejecer
nunca vayas deprisa ni tampoco lento
el secreto es ir a la inversa del tiempo
pero nunca deprisa ni tampoco lento
sólo hay que ir a la velocidad del tiempo
para así comenzar a crecer y no envejecer.

El que acelera el paso descubre la nostalgia
el que se queda en el momento se queda
mas el que decide crecer conservando al niño
avanza hacia atrás recuperando su inicio
y los recuerdos que traspasan el ombligo

Si de verdad quieres crecer y no envejecer
recuerda que el juego es el principio de todo
y recuerda que ser parte es el único modo
pero es necesario que recuerdes ante todo
que sin arrugas nunca encontrarás el modo
de retomar las huellas para no envejecer…

Cuentos de Jorge Bucay: Animarse a Volar

ANIMARSE A VOLAR

...Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:
-Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado. 

-Pero yo no sé volar – contestó el hijo.

-Ven – dijo el padre.

Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.

-Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo, y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las alas y volarás... El hijo dudó. -¿Y si me caigo?

-Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre.

El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.

Los más pequeños de mente dijeron:
-¿Estás loco?
-¿Para qué?
-Tu padre está delirando...
-¿Qué vas a buscar volando?
-¿Por qué no te dejas de pavadas?
-Y además, ¿quién necesita?

Los más lúcidos también sentían miedo:
-¿Será cierto?
-¿No será peligroso?
-¿Por qué no empiezas despacio?
-En todo casa, prueba tirarte desde una escalera.
-...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?

El joven escuchó el consejo de quienes lo querían. Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó...
Desplegó sus alas. Las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra...

Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:

-¡Me mentiste! No puedo volar. Probé, y ¡mira el golpe que me di!. No soy como tú. Mis alas son de adorno... – lloriqueó.

-Hijo mío – dijo el padre – Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar.
Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo. Si uno quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre.

Su Don

Marc, un buen amigo, ha comenzado con su vocación literaria. Su primer relato... ¿quizás su don? poner su imaginación al servicio de la humanidad,  su humor diferente, su capacidad para ver el mundo desde otra perspectiva. Si conocierais a Marc como lo conozco yo sabríais lo mal que lo ha pasado y como está rehaciendo su vida tomando un camino bien diferente (y creanme que no tiene nada que ver con lo que a "cualquier" persona le pasa, aunque muchas pasan por ello).

No quería dejar la oportunidad de hacerme eco de su primer intento de hacer volar por el ciberespacio su primer relato. Aquí plasmo un trozito de su relato porque es en catalán y se que muchos de vosotros no hablais ese idioma, aunque si os atreveis, intentad entenderlo, es fácil:

- Sigfrid Murris, Patton Maxwell, Michel Strukkins, Samuel Bradfort. Tots morts. Tots. Tan sols quedem nosaltres, soldat Stuff. L'escamot "Passa tu primer per si de cas" està mancat i ja no és operatiu.
- És cert coronel Soper. Seria bo habilitar l'equip de transmissió per comunicar la nostra posició i ser recuperats, no creu coronel?.
- Recordi que l'operador Strukkins és mort, Stuff.
- Sí, coronel Soper, és mort, ho sé. No puc evitar pensar que en Maxwell s’ensumava quelcom al llegir el rètol "llanera minada"; no sabia perquè però intuïa que la llanera estava minada, quin olfacte.
- Bé soldat Stuff, mirem que podem fer amb l’equip de transmissió nosaltres mateixos. Aquí hi ha el llibre de instruccions, veiem que hi diu: Gràcies per comprar el sistema de comunicació xr-400. Mantingueu el sistema lluny de l’abast dels nens. Conserveu-lo en un ambient sec i fresc... – Stuff, sap com es connecta aquest trast?.
- Suposo que amb aquest botó que diu “on”.
- Doncs no es posa en marxa aquesta andròmina, Stuff...
- Potser la bateria es baixa, coronel Soper. Haurem de carregar-la...
- Carregar-la?? I on vol carregar-la?? Estem a la selva vietnamita i els arbres no tenen endolls, soldat. Faci una cosa, sorti un moment del relat i vagi al "vestuari"... quan hagi carregat la bateria, torna, val?.
- El que vostè mani coronel.

Si os gusta y quereis leer el relato completo, podeis hacerlo entrando aquí.

Cuentos de Jorge Bucay: El buscador

Mirando las estadísticas de entradas a mi blog he visto que muchos de las nuevas personas que entran en este espacio lo hacen buscando cuentos de Jorge Bucay.

En honor y en gratitud a ellos voy a comenzar un ciclo de cuentos de Bucay, este será el primero de una larga serie que podrá en unas ocasiones ser leída y en otras escuchada. Espero que les guste y que alguno de ellos les hagan pensar, ayudándoles a crecer... objetivo que creo tienen todos los buscadores de sus cuentos.

Hoy comenzaremos por:

EL BUSCADOR

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco esa alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente para quien su vida es una búsqueda.

Un día un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. 

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó Kammir, a lo lejos. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada… 

Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspaso el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. 

Dejó que sus ojos eran los de un buscador, quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción … “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… 

Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla decía “Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terrible mente conmocionado. 

Este hermoso lugar, era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. 

El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

- No ningún familiar – dijo el buscador - ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de chicos?.

El anciano sonrió y dijo: -Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una libreta, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda que fue lo disfrutado…, a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo:

¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?…¿Una semana?, dos?, ¿tres semanas y media?… 

Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana? … 

¿y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? …, 

¿y el casamiento de los amigos…?, 

¿y el viaje más deseado…?, 

¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano…?

¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿horas?, ¿días?… 

Así vamos anotando en la libreta cada momento, cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.


El capitán y el faro

El capitán del barco miraba, a lo lejos, luces tenues en la oscuridad de la noche. De inmediato, ordenó a su guardavía a enviar el siguiente mensaje: “Altere su rumbo diez grados hacia el sur”. 

Enseguida, fue recibida la réplica: “Altere el suyo diez grados hacia el norte”. Se enfadó el capitán, ya que su comando había sido ignorado. 

Así pues, mandó un segundo mensaje: “Yo soy el capitán. Altere su rumbo diez grados hacia el sur”. Al ratito, vino la respuesta: “Yo soy el marinero tercera clase Martínez. Altere su rumbo diez grados hacia el norte”. Pensando infundir temor, el capitán respondió: “Estoy al mando de un buque de guerra”, a lo cual se contestó: “Y yo estoy al mando de un faro”.

En la noche oscura y neblinosa de nuestros tiempos se escuchan muchas voces distintas que vociferan órdenes, diciéndonos lo que debiéramos hacer o cómo encaminar nuestra vida. 

Una voz en particular se hace escuchar en medio de las tinieblas, señalándonos un rumbo contrario a las indicaciones de las demás, una trayectoria que quizás parezca irracional. 

Se trata de la voz de quien es la Luz del mundo, voz que ignoramos a gran riesgo nuestro.

Haz de luz: otro de mi abuelo

Haz de luz: otro de mi abuelo


Quería plasmar aquí un detalle del pensamiento de un gran escritor

“Pichí” un pequeño pajarito

Pichí nació un día de la primavera del 70, después de salir del cascarón y en un descuido de su mamá tordo, el pequeño pajarito cayó al suelo desde lo alto de un elevado pino mediterráneo.
Yo me lo encontré en mi camino, tenía un ojo reventado y casi no podía piar, sin plumas que le protegieran, estaba frío e inerte ¡pero no estaba muerto... todavía!.


Para mi, aquel día había sido excepcional, hacía tanto tiempo que no salía un domingo a pasear con mis padres... y mucho menos fuera de Barcelona. Además, anhelaba el contacto con la naturaleza, tenía ya 8 años y todavía no había podido acompañar a ninguno de mis compañeros del colegio en las excursiones campestres que se realizaban... siempre había una excusa para no dejarme ir.

Estaba muy emocionada compartiendo con ellos y aprendiendo a buscar espárragos, mi mama había encontrado ya muchos y yo iba con una muestra de esparraguera examinando palmo a palmo el terreno que pisaba... y lo vi. Extraña casualidad...¿o no era casualidad?.

Corrí a enseñárselo a mis padres que con desprecio me dijeron que lo tirara “vas a coger una infección”. Yo les demostré que vivía y que podía hacer algo por él y ellos volvieron a tomarme por una idealista que nunca baja de las nubes.

“Déjalo en el suelo y continua buscando espárragos” me dijeron, pero mi espíritu rebelde hizo que me lo guardara con mucho cariño en el bolsillo de donde no lo saque hasta que hubimos regresado a casa y le había limpiado y curado el ojo, preparado en mi habitación su propio espacio (una cajita de cartón suficientemente profunda rellena de lana y un sobre de algodón) y había cocinado su comidita (pan mojado en leche, estrujado y desmigado).

Empecé a darle de comer ayudada por unas pinzas, le habría el pico con las manos y le introducía con paciencia y cariño el alimento... hasta que se animó. Entonces llamé a mis padres para que vieran como el pajarito me pedía la comida, habría el pico y yo se lo daba.

Vuelta a la decepción, de nuevo palabras pesimistas respecto a su supervivencia, que si “esa comida le va a sentar mal”, que “sin su madre no sobrevivirá”, que “tienen el ojo destrozado y sangra por ahí ¿es que no ves que se va a morir?”. ¡Pero yo estaba decidida a intentarlo!. Les dije que se llamaba Pichí y que nadie impediría que le cuidara.

Pichí creció, se cubrió de plumas y daba sus primeros intentos de vuelo por mi habitación saltando de la cama al armario y del armario al escritorio. Cuando yo estaba en la habitación pasaba de mi hombro a mi cabeza o a mi mano, éramos amigos y yo no lo podía dejar en esa prisión que era mi habitación. La primera vez que le vi volar alrededor de toda la estancia decidí que aquel era el momento de llevarlo a su verdadera casa... pero no me dejaron.

De nuevo esas frases horribles, restrictivas, proteccionistas y posesivas, “si lo sueltas en el campo no sobrevivirá”, “¿no ves que lo has criado como un ave de jaula?”, “no sabrá buscarse alimentos y morirá”.

Yo no entendía nada, primero no lo querían en casa y ahora no querían que se fuera ¿porqué?.
Mi padre le hizo una jaula muy grande en el patio con una vieja cuna y le compraba pienso para que comiera. Por mi parte yo empecé a criar gusanos en una maceta y le daba todo tipo de insectos que encontraba.


Preparé una especie de suelo de barro para la jaula y puse allí la tierra de la maceta con gusanos, hormigas y otros insectos. Le retiré la comida en grano y... Pichí se las apañaba muy bien para “cazar” su comida.

De nuevo, volví a llamar emocionada a mis padres para decirles que Pichí podía ir a su campo y de nuevo mis padres decepcionándome lo negaron “no podrá sobrevivir”, “esto no es suficiente”.
Pasaron las semanas y Pichí estaba cada día más triste, ya no venía revoloteando y piando cuando me acercaba a la jaula, cada vez intentaba volar menos, estaba triste, yo lo sabía y sabía que así no duraría mucho tiempo, era viernes y volví a insistir “mañana lo podríamos llevar a la montaña”... pero no, no lo llevamos y... pasó el fin de semana.


El lunes por la mañana fui a verlo, como hacía todas las mañanas, pero Pichí... estaba muerto. Ya lo habían conseguido, dijeron que no sobreviviría y ahora era una realidad.

EN RECUERDO DE MI QUERIDO PICHÍ

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